Van Avermaet convierte el ozono en adoquín

Ahora ya está claro. El domingo pasado, de no mediar la caída de Sagan que se lo llevó por delante junto a Naesen, Van Avermaet hubiese ganado el Tour de Flandes. Lo ha dejado muy claro hoy mismo, al imponerse de manera sobrehumana en la París-Roubaix, completando una primavera muy similar a la de Boonen en 2012: donde uno ganó la Het Volk el otro ganó Flandes, y los dos Harelbeke, Gante-Wevelgem y la joya de la corona llamada por algunos Infierno del Norte.

El Infierno del Norte ha sido Van Avermaet, para sus rivales y para el ciclismo. En una edición de Paris-Roubaix realmente prescindible por el circo montado en torno al adiós de Boonen, su compatriota belga ha hecho una aportación realmente importante al ciclismo que cambia: incluso yendo parado en la vuelta final al velódromo -cosas del drama-, ha conseguido batir el record de velocidad de la carrera, disputada a una increíble media de 45´204 km/h.

El anterior record databa de 1964, en una edición en la que la presencia del pavés fue testimonial y casi todo el recorrido discurrió por carreteras asfaltadas. Aquí, para evitar las suspicaces preguntas relacionadas con la mejora del rendimiento deportivo, nos han dicho que había viento de culo, como si en los 53 años transcurridos desde el record establecido por Peter Post nunca hubiese habido ese viento. Serán los cuadros de carbono, esas bicis con suspensión que no sirven para nada, el tejido de lycra. Las ganancias marginales.

En ese ámbito marginal, en ese ámbito de ganancia, se mueve como pez en el agua Van Avermaet. Auténtico Pierre-no-doy-una, decidió dar el Gran Salto Adelante tras toda una carrera deportiva quedándose a las puertas. Lo que no sabía es que las autoridades seguían la pista a su médico dopador -especializado en el CX-  y que quedó demostrado en un juicio de justicia ordinaria que el ahora famoso belga recurría a tratamientos médicos para intentar obtener lo que no lograba en carrera: victorias. Una vez lograda su mayor victoria, mayor incluso que su oro olímpico o esta Roubaix, y esa no fue otra que la exoneración de su acusación de dopaje a pesar de que el ozono era simplemente un subterfugio para extraciones y reinfusiones de sangre, Van Avermaet ha ganado todo lo que ha querido.

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Las caras de Bélmez

Es un causa>consecuencia muy a la vista de todos, salvo los que viven de este deporte y ahora están calladitos, no vaya a ser que este belga sea un Landis de las clásicas. Lo es, todos lo saben, pero temen las consecuencias. Así se vive en el ciclismo, y así es la condena de este deporte. Así se vive la media más rápida de la historia de Roubaix, una donde ningún equipo ha tirado específicamente: por arte de magia, o de ozono, los corredores han ido rapidísimo, cuando si se cree el discurso oficial del fin del dopaje, las medias deberían ir cayendo. Qué va: aumentan, y gana Van Avermaet. Pues muy bien.

Es todo demencial. Tras cubrir las tres primeras horas de carrera a 47´6 km/h de media, Van Avermaet se cayó en el tramo de pavés de Wallers, poco antes de Aremberg. El ganador dos horas después acumulaba una desventaja de 40″ sobre un pelotón que pasó por el escenario mítico de la carrera al suave paso trotón de Trentin, en uno de los peores momentos en el Bosque. En circunstancias normales, en una Roubaix con viento de culo, no hubiese remontado jamás, pero hete aquí que entre los coches de equipo y que se aprovechó del pinchazo de Kristoff y el treno que dejó Katusha para reintegrarlo, el ozonizado volvió al grupo principal.

Van Avermaet siempre se engancha. ¿No fue acaso el último que pasó por debajo del paso a nivel en la edición 2015, la robada a Martin Elmiger? Un listo. En otras carreras se empieza a expulsar a gente que se remolca del coche o se “abriga” a su rebufo, en Roubaix no: es la carrera que no descalifica a los que se saltan un paso a nivel (porque eran muchos), pero si a los que llegan fuera de control, sin tener en consideración que probablemente haya sido así porque pincharon, se cayeron o se vieron implicados en montoneras y no tuvieron tanta suerte, bula o aura como Van Avermaet.

A 75 km. de meta Sagan realizó un ataque junto a su fiel Bodnar, y los grandes equipos enviaron de secantes a Oss y Stuyven. Un inoportuno pinchazo dejó retrasado al campeón del mundo, mientras desde el realmente horrible Servicio Público de TVE el anticiclista Carlos de Andrés descartaba totalmente al corredor, que se reenganchó a la carrera sin tirar de coche. Por delante, Oss realizaba una de las mejores pruebas de su vida (y han sido muchas), mientras Stuyven iba un poco más flojo, en línea con lo que ha sido su primavera.

Sin embargo, en el pelotón no les daban alcance. Se pasó Mons-en-Pevele a 53 km. de meta y lo único que sirvió fue para dejar a 15 corredores en cabeza, pero sin un favorito claro o desmarcado claramente en las apuestas por su brillantez en el adoquinado: los dos ya referidos, y Roelandts, Moscon, Van Avermaet, Degenkolb, Sagan, Boonen, Stybar, Langeveld, Chavanel, Keukeleire (muy mejorado de su siroco de una semana antes), Claeys, Van Baarle y De Backer.

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Esnifando el ozono del pedrusco

La Roubaix ya era entonces un fracaso. Una carrera aburrida, una edición realmente obviable, y todavía lo iba a ser mucho más. Van Avermaet volvió a lanzar a su peón Oss por delante y, aprovechando que no estaban muy marcados, se metieron en la refriega Langeveld (importante en su movimiento que Van Baarle estuviese detrás) y Roelandts,  atrayendo tras de sí  a Van Avermaet, Stybar, Moscon y de nuevo Stuyven. Sagan vio el movimiento -ahí iba su némesis en forma de nube de ozono- y, cuando iba a llegar, otro pinchazo lo dejó fuera de juego, a solas con su maldición del mundo. Al menos su caída en Flandes evitó una victoria de Van Avermaet, algo es algo.

Sagan hubiese entrado, pero los demás ya no. Un increíble Oss, que ha estado a un nivel altísimo durante toda la primavera, puso un ritmo muy bueno en los primeros kilómetros de la fuga, y después ya fue el turno del Van Avermaet-show. Con Moscon y Stuyven retrasados, el belga de los dientes separados se dedicó a aporrear los pedales sin apenas pedir relevos a Stybar -que no se los daba por la excusa de tener a Boonen detrás-  y Langeveld, todo un clásico del pelotón en estas carreras, pero jamás tan protagonista en una gran cita.

Con solo 4 km. a meta Stybar, un gran llegador, intentó lo que ya era imposible: arrebatar la victoria al del ozono. Sin esperar a un movimiento de Langeveld, se exprimió en persona para neutralizar al checo, que debía ir flipando con lo que veía: tras tirar 20 km. prácticamente en solitario, Van Avermaet salía con la frescura de un Hayman a su ataque. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar, y deja a lo del australiano del año pasado en mera anécdota.

Como recordarán, el corredor del Orica ganó el sprint del velodrómo a Boonen y otros grandes corredores, cuando jamás se había visto disputando una gran carrera, ni siquiera en top-five. Al menos su sprint fue bien lanzado y por el sitio adecuado, al margen de la fuerza descomunal. Como en tantas otras cosas, Van Avermaet iba a mejorar también eso. A su manera, la del corredor que después abrazaba a su familia sin viso alguno de cansancio.

Con gran ventaja sobre los perseguidores, e